En el corazón del invierno, cuando la noche se extiende más que cualquier otro día del año, la comunidad educativa del Servicio Local de Educación Pública (SLEP) Huasco se reunió en un encuentro cargado de simbolismo, gratitud y conexión profunda con la tierra y la memoria ancestral.
La ceremonia, realizada en la estancia Jahir Saba, en el sector de Chehueque, marcó la conmemoración del solsticio de invierno, considerado un umbral sagrado por muchas culturas originarias, donde el silencio de la noche más larga alberga la promesa del renacimiento. A través de cantos, gestos simbólicos y palabras compartidas, niños, niñas, educadoras, familias y autoridades locales celebraron el inicio de un nuevo ciclo natural.
Organizado por la coordinación de Educación Parvularia de SLEP Huasco, el evento convocó a las comunidades de distintos jardines infantiles de la zona, quienes, en un ambiente de respeto y alegría, recordaron la importancia de honrar los ciclos de la vida y fortalecer los lazos que los unen.
“Las semillas de luz comienzan a germinar en nuestros corazones”, se expresó durante la ceremonia, como metáfora del nuevo comienzo que trae consigo el solsticio. A pesar de la oscuridad, la vida se prepara para florecer con renovada fuerza y belleza.
Un Latido Colectivo
Uno de los momentos más emotivos fue la participación de generaciones entrelazadas en un mismo latido: abuelos, madres, padres e hijos compartieron este rito de paso, que busca recuperar prácticas ancestrales y revalorar la conexión con la naturaleza.
El acto no solo celebró un fenómeno astronómico, sino también una visión educativa integral. “Cada jardín infantil y cada familia es un eslabón vital”, destacó la organización, haciendo hincapié en la importancia del trabajo en red, donde el aprendizaje no se limita al aula, sino que se construye desde la comunidad, con identidad, afecto y sentido de pertenencia.
Cosechando Comunidad
La iniciativa también reflejó el compromiso del SLEP Huasco con una educación transformadora, enraizada en el territorio y atenta a las necesidades emocionales y culturales de sus estudiantes. La colaboración entre jardines infantiles fortalece vínculos, multiplica aprendizajes y renueva la energía colectiva.
“Nos motiva saber que el trabajo compartido florece en nuestros niños y niñas”, señalaron los organizadores. “Ellos son el reflejo de esa luz que, silenciosa pero constante, vuelve a nacer para guiarnos hacia un nuevo ciclo de crecimiento y armonía”.
En un tiempo donde lo comunitario cobra más valor que nunca, encuentros como este recuerdan que la educación puede y debe ser también una celebración de la vida, la tierra y los sueños compartidos.
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